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Los textos donde Rodolfo Walsh elogiaba a la aviación naval que se levantó contra Perón

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A mediados de septiembre de 1956, faltaban más de dos meses para que Rodolfo Walsh se sentara frente un hombre que, mientras compartían una cerveza fría, le diría la frase que le cambió la vida:

-Hay un fusilado que vive.

Esa frase -que resuena en los oídos de la mayoría de los cronistas y periodistas de investigación- hacía referencia a Juan Carlos Livraga, sobreviviente de los fusilamientos de José León Suárez el 9 de junio de 1956.

Walsh todavía no había escuchado esas cinco palabras ese 18 de septiembre cuando fue a cubrir en la localidad bonaerense de Saavedra, para la revista Leoplán, el homenaje a tres pilotos de la aviación naval caídos en combate en Bahía Blanca durante el levantamiento encabezado por el general Eduardo Lonardi que terminaría con el derrocamiento de Juan Domingo Perón.

El capitán de fragata Eduardo Estivariz, el teniente de fragata Miguel Irigoin y el suboficial mayor Juan Rodríguez habían perdido la vida un año antes, cuando el avión de combate Grumman J2F5 que tripulaban y se estrelló contra un galpón de material después de ser alcanzado por proyectiles disparados por una columna de tanques de las fuerzas leales a Perón que avanzaban hacia Bahía Blanca, donde la Base Aeronaval Comandante Espora se habían levantado.

En Bahía Blanca, con los golpistas

Walsh había estado en Bahía Blanca en septiembre de 1955 y había escrito un artículo, titulado “2-0-12 No vuelve” –también para Leoplán, donde solía escribir con el seudónimo de Daniel Hernández-, sobre el levantamiento en la ciudad y la caída del avión.

En el texto, Walsh describe al capitán Estivariz en tono épico. En esa nota, Walsh contaba que Estivariz había integrado la tripulación de un avión de observación durante el bombardeo del 16 de junio de 1955 sobre la Plaza de Mayo, que después se negó a entregar los timones de la Base, que lo castigaron pasándolo a disponibilidad y que estaba en Buenos Aires el 15 de septiembre, cuando, enterado del levantamiento de Lonardi, viajó a Bahía Blanca para sumarse a los rebeldes.

“La revolución está en marcha. Cuando llega a Espora, su sucesor le ofrece la escuadrilla. Estivariz insiste en actuar como subordinado. Más tarde consentirá en impartir las órdenes por intermedio del comandante designado. Y por último, la simple gravitación de los hechos –los hombres acuden instintivamente a él en busca de instrucciones– lo restituye al puesto donde se cumplirá su destino”, escribió Walsh.

Y contó después que Estivariz quedó al mando de la escuadrilla de combate y que atacó temerariamente, volando más bajo que lo que indicaba la prudencia, para golpear con éxito a los tanques enemigos. Y que esa valentía le costó la vida a él y a los otros dos tripulantes. Uno de esos tripulantes, el suboficial Rodríguez, decía Walsh, estaba sospechado se simpatizar con el peronismo y que otros oficiales le habían recomendado a Estivariz que no lo llevara a bordo.

“Se pensaba que el suboficial Rodríguez, hombre de tierra adentro, podía ser adicto al gobierno depuesto. Quizá lo fuera. No siempre un rótulo político basta para definir a un hombre, para abarcarlo en toda su profundidad. Alguien sugirió a Estivariz que acaso no convenía llevarlo a bordo, detrás del puesto del piloto. ¿Lo seguiría en el momento decisivo?

–A mí –respondió con simplicidad ejemplar– me seguirá.

No era una jactancia. No era un homenaje a sí mismo. Era un homenaje al hombre leal y sencillo que, literalmente, lo siguió hasta la muerte. Que más allá no puede acaso un hombre seguir a su jefe”.

Un año después de escribir estas líneas y de ocurridos los hechos, Walsh asiste al homenaje a los tres aviadores navales caídos y publica un nuevo artículo en Leoplán, titulado “Aquí cerraron sus ojos” y que lleva un sugestivo subtítulo: “A un año de la gloria y de la muerte”.

Al final de esa nota, escribe un encendido elogio de los tres marinos:

“Estivariz, Irigoin y Rodríguez no alcanzaron a ver el triunfo. Ninguna apreciación serena de la gravísima situación militar les hubiera dado base para sospecharlo. Y, sin embargo, estamos seguros de que les habría bastado, para intuirlo con la tranquila certeza de los héroes, la mera conciencia del valor alucinado que les crispaba las manos en torno a los comandos y las armas de una máquina que vertiginosamente los conducía a la muerte”.

Más de seis décadas después de estos dos artículos, Rodolfo Walsh es una figura muy fuerte en la historia del periodismo y de la militancia revolucionaria en la Argentina.

Entre aquel ayer y este hoy están la investigación magistral de los fusilamientos de José León Suárez del 9 de junio de 1956 que plasmaría en Operación Masacre; su participación en el primer tramo de Prensa Latina, la agencia noticiosa de la Cuba revolucionaria fundada por Ernesto “Che” Guevara; otras investigaciones célebres como ¿Quién mató a Rosendo? y Caso Satanowsky; su incorporación y militancia en Montoneros, su magistral Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, su muerte – paradójica, si se la contrasta con aquellos dos artículos – a manos de un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada integrado entreo otros por Alfredo Astiz.

Sobre estos dos textos incómodos, la investigadora Claudia Fino de la Universidad Nacional de La Plata, dice: “No resulta fácil la lectura de un Walsh (con nuestras pasiones) que homenajea a un aviador muerto después de bombardear a la resistencia peronista, no en uno, sino en dos artículos. Pero tampoco es difícil darse cuenta de que, en realidad, Walsh no necesita de estrategias discursivas que justifiquen su escritura, su acción. Se defiende solo”.

Y propone una clave para entenderlos, que no pasa por una comunión ideológica con los golpistas sino por una gran admiración por la figura de los héroes. Lo heroico del capitán de corbeta se transfiere también al suboficial que no duda en acompañarlo aun siendo peronista. Es decir que importa menos el lugar en la causa, la posición política, que la devoción heroica y leal imperativa del deber. “No siempre un rótulo político basta para definir a un hombre, para abarcarlo en toda su profundidad’ dice Walsh”, explica Fino.

Es el propio Walsh, que había pasado por las filas de la derechista Alianza Libertadora Nacionalista, quien da a entender que por entonces no tiene simpatías definidas por ninguno de los dos bandos enfrentados en 1955. En el prólogo de Operación Masacre cuenta qué pensaba la noche del 9 de junio de 1956, cuando estaba jugando al ajedrez en el Bar Rivadavia de La Plata y escuchó los disparos del enfrentamiento frente al Departamento Central de Policía. “Tengo demasiado para una sola noche. Valle no me interesa. Perón no me interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez?”, dice.

Para ese momento Walsh se considera ajedrecista, cuentista, quizás futuro novelista, y de vez en cuando se mete en “otras cosas que hago para ganarme la vida y que llamo periodismo, aunque no es periodismo”.

Todavía no ha escuchado, probablemente en ese mismo bar, frente a dos vasos de cerveza, que “hay un fusilado que vive”, la frase que le cambiará la vida.

Quizás haya que buscar por otro lado las razones que lo llevaron a escribir esos dos “textos incómodos” para la historia broncínea que se ha construido alrededor de un hombre. Y son razones estrictamente personales: una vocación frustrada y un hermano, Carlos Walsh, que sí logró concretarla.

Al principio de una breve nota autobiográfica escrita en 1965, Walsh escribió: “Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios”.

Su hermano, Carlos Walsh no sólo fue el aviador que Rodolfo no llegó a ser, sino que el hermano Carlos fue aviador naval y participó del levantamiento contra Juan Domingo Perón.

En 1997, cuando Lilia Ferreyra, la última compañera de Rodolfo Walsh, se presentó ante la Justicia Federal para reclamar la búsqueda y devolución de los restos de Walsh –además del material secuestrado cuando las fuerzas represivas allanaron y destruyeron la quinta de San Vicente donde vivían- hizo una descripción minuciosa de este material.

En esa descripción, desarrollada en una lista, hay un punto que puede terminar de aclarar esta historia. Allí dice que entre las carpetas robadas había una que contenía: “El aviador y la bomba. Cuento sin título definitivo (penúltimo borrador) sobre la historia de uno de los aviadores navales que bombardearon la Plaza de Mayo en junio de 1955. Cada texto estaba en una carpeta distinta junto con los informes y notas que había utilizado para su elaboración. En la carpeta del cuento sobre el bombardeo estaba la nota titulada 2-0-12 No Vuelve que había publicado en los años 50 en la revista Leoplán, y varias páginas referidas a su hermano Carlos Walsh, quien llegó a ser comandante de la Aviación Naval y que Rodolfo recreó como personaje en ese texto porque también fue uno de los pilotos que volaron sobre la Plaza”.

Fuente: Infobae.com

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